29 octubre 2008

Desconfianza

Ya no creo en las verdades de los hombres, ni en sus veredas ni en sus desvíos. Cada verdad es más cruel que la mentira y la mentira, paulatinamente, se convierte en una patética verdad, de esas que gozan con tener el sello de lo creativo más explícito que implícito, mentiras que se jactan de su don y sus efectos, de su retórica melodiosa, de su valor innegable.
Por eso ya no creo en las miradas escondidas ni en las palabras al viento, ya no creo en el efecto del alcohol y en lo que se dice sin querer, en lo que se dice y no se quiere, en lo que se quiere y no se dice, en lo que se quiere decir. Ya no creo en las vueltas y vueltas, ni del destino ni de la vida ni de tu vida ni de tu charla.
Ya no creo en la seriedad de los hombres ni en que quieren fingir sonrisas. Todos sonríen, todos se ríen. Y son sinceros y eso les da vergüenza. Y no creo en la gente diferente que goza con ser vanguardista y rompe-esquemas, y no creo en sus afanes de tristezas y pobrezas y misterios. Y no creo en sus creencias ni en sus filosofías.
Ya no creo, créanme, en el misterio de la gente misteriosa. Había una casita verde-pardo, verde-invierno, medio negra, oscura la casa, fea, descuidada, una casa que atraía miradas de gente que buscaba felicidad disfrazada de tristeza, pero una lluvia cálida y veraniega se llevó el color y sólo dejó una casita blanca, con cercos blancos, con césped verde-floreado y hasta con niños alegres corriendo alrededor. Ya no creo en las casas.
Tampoco creo mucho en los pasos silenciosos con sus huellas amarillas. En los pasos tergiversados, como éste, que causan asombro, que causan espanto. Que silban silenciosamente un bolero olvidado por su autor.
Ya no disfruto como antes hablando con gente estúpida, ya no disfruto estar frente a una película mala, no me hacen feliz las canciones desafinadas ni llego al éxtasis confuso cuando estoy frente a un libro con faltas ortográficas. Y la rarefacción me causa cosquilla, pero no risa ni llanto, nada fuera de mí, todo hacia dentro.
Ya no creo que el murmullo del otoño parisino le dicte la gloria a mis dedos, ni en las casas de ladrillo de mi Londres soñado, ya no creo que se derrumben los cerros de Valparaíso. Ya no creo en las casas ni en los cerros.
Ya no creo en Baudelaire ni Badulaque, ni en Novalis ni en Novelas.
Ya no creo en la incredulidad de los hombres, ni en las muletas de sus inseguridades; no creo en las mentiras piadosas ni en mecanismos de defensas; no creo en dolores que no duelen ni creo que todo esto te parezca mentira.

01 septiembre 2008

Citas Incitantes

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Es como si caminara delante de sus propios pasos, aunque quizás no hacía más que huir de ellos…

Ahora no estoy seguro de que los relatos se originen en cosas de la vida; es más bien a revés: la vida s forma a medida de ellos…

A medida que pasa el tiempo empezamos a ver la infancia como un paraíso perdido y la juventud como el tiempo en que no supimos hacer lo que soñábamos; después es demasiado tarde y a cualquier tontería le llamamos experiencia…
(Osvaldo Soriano, “La hora sn sombra”)


Yo creo que todos se percataron de este cariño inmenso que se dejaba notar así, despacio, como se expresa el verdadero cariño de los hombres, que a veces no precisa de mayores palabras, y basta con llenar el vaso sin derramar el vino.
(“El último faquir”, Luis Sepúlveda)


Mascando la idea imbatible y equívoca de que ante podría haber sido muy pronto y después quizás hubiera sido nunca.


… O tal vez los grandes amores fueron grandes sólo porque no pudieron concluir.
(“El verano del murciélago”, Poli Délano)


Son mañosas las palabras, y rebeldes, y huidizas.
(Rosa Montero, “La loca de la casa”)

Una novela es la vida secreta de un escritor, el oscuro hermano gemelo de un hombre.
(Faulkner)

Un novelista es un hombre que oye voces, lo cual lo asemeja a un demente.
(Sergio Ritol)

Un escritor es un ser que no llega jamás a hacerse adulto.
(Martín Amis, “Experiencias”)

Del dolor de perder nace la obra.
(Philipp Bernot)

13 mayo 2008

Yo moría a cada rato

En mis remembranzas de 2006 no podía dejar atrás esta cosa escrita en algún momento. Ese seguramente fue el año de las letras desparramadas, basadas en experiencias, pasadas por mi cabeza (o por cedazo) y olvidadas en una página de word con un nombre X. En ese tiempo cuando Job aún vivía, mi madre aún estaba ciega, la Mary ni siquiera era tan amiga mía, el Grandón me decía 'Paloma' y no 'tienes que ayudarme'... y yo moría a cada rato.




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No estaba tan segura de que iba a salir ilesa de ese recorrido y precisamente esa incertidumbre era la que me hacía sentir viva, confirmar que yo sí existía (no sólo a veces ni a ratos)… para mí y los demás.
Como dijo Rosa Montero: “llega un momento en que todo viaje se transforma en una pesadilla”. No estoy de acuerdo con eso, pero éste sí lo fue, no una pesadilla con precisión, tal vez sólo se trató de una mala alucinación.
Fines de marzo, noche en una ciudad chica que nunca estuvo exenta de delincuenceia. Esa manía que a veces se volvía agradable de quedarse hasta tarde en el diario, de las últimas, adelantando trabajo y tomando café cargado. Luego salir a la calle desierta sin mucho frío, escuchar uno que otro paso acelerado a cualquier distancia, pero sin ver a sus autores, y luego sentir el eco de mis propios pasos y respiración. El silencio de la noche, la soledad de las calles, la puntada en la espalda. Yo huelo miedo, lo siento tal vez por primera vez.
No sé si me atacaban por la espalda o daban la cara, pero la intención claramente era matarme. Tampoco sé si me acuchillaban o disparaban, si me violarían previamente y descuartizarían más tarde. Tampoco estaba claro el motivo: un asalto a mano armada, una simple maldad o una persecución. La última era mi favorita, era emocionante y me hacía más interesante.
Eso tuvo muy poca relevancia, porque pasaba y porque el fin fue el mismo: yo desangrada y muerta en pleno centro de Linares.
Mi novio estaba destrozado, sentado en el suelo, al lado de su cama y llorando sin control. O tal vez no lloraba, pero su mal estado era evidente. Estaba viviendo un buen momento conmigo, nos amábamos y estábamos pasando por esa etapa en que se quiere gritar a los cuatro vientos el amor que se siente por la persona con la que está… o que se está con la persona que ama. Se lamentaba por no haber tenido su celular prendido cuando lo llamé minutos antes de mi muerte, como si eso hubiese podido cambias las cosas. Yo quise consolarlo y no pude. Traté de abrazarlo fuerte, besarlo y darle un mensaje de esos que dicen que dan los del más allá (ten paz). Nada hubiese sido suficiente, por un momento me coloqué en su lugar y lo supe. Traté de decirle que lo amaba, que para mí tampoco era fácil separarme de él y no me oía. Por la cresta… nunca me había sentido tan culpable y miserable en mi vida como me sentí en mi muerte. Tal vez estando viva jamás le hubiese causado semejante daño.
Al pasar por mi casa y adentrarme en el ambiente que había en mi familia huí de inmediato. Fui cobarde, lo sé, pero no quería presenciar ese ambiente de impotencia y oscuridad, no quise ver la destrucción de mi madre, la desesperación de mi padre, la desolación de mis hermanos, la confusión de Joel.
A la mañana siguiente faltaban pocos minutos para las 10 y yo no llegaba al trabajo. Nadie se preocupó demasiado, no era la primera vez que me atrasaba después de irme tarde. Mi jefe recibió el llamado de Juan Carlos, ex compañero de trabajo, que con voz estrangulada le preguntó cómo estaba. Él, como siempre, se alentó con un lamento diciendo “aquí, tirando pa’ riba”, agregando de inmediato quejas sobre mi tardanza y otras deficiencias de “los chiquillos”. Juan Carlos guardó silencio hasta que le preguntó el motivo de su llamada y luego no tuvo piedad en decirle, aún con la voz estrangulada, que me habían matado la noche anterior y que había sido de una manera muy cruel.
La reacción del dueño del diario fue de asombro, tristeza y hasta de un poco de dolor. Minutos más tarde estaba en el departamento de prensa dándole la noticia a mis compañeros que, como siempre, eran los últimos en enterarse de los sucesos policiales… voz quebrada… silencio… el trabajo paralizado.
La prensa de la ciudad tenía noticia fresca y de gran conmoción pública: asesinada brutalmente en pleno centro. No se da todos los días. Pero por la menos la Pati, amiga mía y ahora periodista de TV, no tenía ningún ánimo de cubrir la noticia, sólo quería arrinconarse y llorar a su ‘pajaruchi’, sin que nadie la molestara ni tratara torpemente de consolarla.
Ya de día, en el centro de la ciudad los rostros eran pálidos y asustadizos, se comentaba en voz baja el sangriento homicidio y alguien ya había inventado que se trataba de un asesino en serie, otro había dicho que fue un crimen pasional y todos temían por sus vidas. Y todos sentían un poco de pena, un poco de morbo, ganas de involucrarse y de haberme conocido.
En el funeral leyeron algunos de mis poemas -no se me ocurre quién-, la Mary cantó ‘cucurrucucú paloma’, el Grandón cantó ‘paloma quiero contarte’, Monsalve por primera vez dijo un sinfín de cosas buenas mías, Job habló en representación de la familia. Al echarme la tierra encima soltaron globos blancos, cantaron una canción evangélica, algunos lloraban, los más cercanos estaban un poco en shock, mi madre se desmayó. Nadie lloró más que yo.
Secándome las lágrimas entré a la casa donde arrendaba y llamé a la mía para avisar que estaba bien, para preguntar por Joel, para escuchar la voz tranquila de mi madre a pesar de su ceguera. Todo bien por allá, nadie supo de mi muerte. Y me acosté con una ligera sensación de alivio y otra de pena, y antes de disponerme a dormir, no pude evitar una corta carcajada.

26 abril 2008

Tengo miedo

Lo siguiente pretendía, en su tiempo, ser una carta de amor o algo parecido. Ni un ademán. Escrito para él por ahí por mayo o julio de 2006. Ignoraba en ese tiempo que el miedo era algo sublime, que la muerte es más que estética y el dolor otra muerte tan profunda que se parece a la vida.



Tengo miedo de morir de la forma que más temo. Tengo miedo de que esa fobia tan ilógica se justifique en un presentimiento de mi muerte.
Tengo miedo de morirme antes de cumplir mis sueños, de que se me haga tarde demasiado pronto, de haberme exigido demasiado. Miedo de morirme ahora o mañana, tal vez pasado no importe.
Tengo miedo de no ser lo que creo ser, de haberme inventado para aceptarme.
Tengo miedo, terror, a la muerte de alguien de mi familia: a la ausencia de Joel, a que me falte mi mamá, a que mis hermanos tengan que sufrir.
Tengo miedo, a veces, a la soledad de la calle, sea de día o de noche, normalmente me toca de noche y a veces me da miedo.
Tengo miedo a que se me acaben las letras, la inspiración, la motivación, las ganas, el desahogo, el desasosiego, la mentira impulsiva, la verdad implícita.
Tengo miedo a sentir vergüenza algún día de mi gusto por Joaquín Sabina y Chavela Vargas.
Tengo miedo a que el arte se convierta en algo que odie.
Tengo miedo a no comportarme con dignidad ante el miedo.
Me da miedo prender la televisión y cambiar de canal, no te niego que a veces escondo la cara bajo la almohada, aunque lo que finalmente muestren sea una publicidad de Nestlé.
Tengo miedo que un día no me contestes el teléfono porque no quieras, porque no puedas o porque no alcances, esta última porque me voy a imaginar muchas cosas, me dará pena y terminaré llorando. Con las dos primeras también terminaré llorando, pero se justifica.
Tengo miedo a que lo nuestro se acabe cuando aún queden cosas por sentir, miedo a perderte, a nunca más despertar contigo.
Tengo miedo a que haya otra dictadura militar.
Tengo miedo a que mi mamá no vuelva a ver.
Y tengo miedo a que me pase lo mismo, físicamente podría soportar otras cosas, ser sorda, muda e incluso tal vez eso que ya sabes, pero que no me falten las manos para escribir, ni los ojos para leer, porque dejaría de ser yo.
Tengo miedo a no estar viviendo mi vida ni siguiendo mi camino.
A equivocarme de camino.

21 marzo 2008

esas cuatro quintas partes

... tal vez hagan bien en decir 'falleció', porque eso suena tan ridículo, tan frío, tan lejos de él, que no puede herirlo, no puede destruirlo.
... porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo. Entonces cuando moví los labios para decir 'murió', entonces vi mi inmunda soledad, eso que había quedado de mí, que era bien poco... Alguien había venido y había decretado 'despojen a este tipo de cuatro quintas partes de su ser'. Y me habían despojado. Lo peor de todo es que ese saldo que ahora soy, esa quinta parte de mí mismo en que me he convertido, sigue teniendo conciencia. Me ha quedado una quinta parte de mis buenos propósitos, de mis buenos proyectos, de mis buenas intenciones, pero la quinta parte de mi lucidez alcanza para darme cuenta de que eso no sirve. La cosa se acabó, sencillamente.


(La Tregua, Benedetti)

23 febrero 2008

Macho de mierda

Macho de mierda. Mierda de macho. Te veré triunfar porque vas a triunfar. Es tu condena. Luego no sabrás nada más de mí y podrás quedarte a solas con tu instinto. Lo único que tienes.
Renuncio y no te dejo nada, ni siquiera la soledad que tan afanosamente buscas.
Te dejo y no te darás cuenta de aquello. Seré una asusencia más y, como estás tan lleno de ausencias, no percibirás la mía.

("Formas de ver el mar", Luis Sepúlveda)

20 febrero 2008

la respuesta


Entonces me quedé pensando si lo decía con buena o con mala intención, si estaba siendo irónico o sincero, si eso sería el final o el principio, si me lo decía a mí o al aire, si era para espantarme o retenerme, si era por mí o por él. Las ideas daban vuelta en mi cabeza y el hostil movimiento de su boca ya no expresó nada más. Se rascó la cabeza y miró para el lado, fingiendo atención en los pasos acelerados de alrededor, tras unas gafas más oscuras que su conciencia y con la pose del que ya hizo todo lo que estaba de su parte y ahora le corresponde al otro actuar. A mí. Y él esperaba respuesta; él, que nunca esperó nada; él, que siempre dijo la última palabra o que simplemente desviaba la mirada hacia el resto de su mundo y de su vida. Él, que tenía mundo y hasta vida. Pero ahora seguía ahí, haciéndose el indiferente y esperando respuesta a una pregunta que nunca hizo. Y yo, sabiendo que la esperaba, temía decir lo que no le importaba escuchar.
Y por un momento no pude recordar qué era lo que nos unía, mucho menos lo que nos desunía. Quizás nunca lo supimos. Esa relación tan ajena que no pertenecía a nadie y de la que sólo éramos espectadores, ese interminable ir y venir que ya no sabe quién es ni cómo fue que comenzó.
"No quiero que te vayas" me había dicho hacía dos minutos. Y entonces yo seguía pensando si lo dijo para espantarme o retenerme. O ambas.
Ahora me miró y rozó su pulgar con mi mejilla, como ese tipo de caricias que emanan de su inconciente, de sus ganas, de sus impulsos retenidos.
"¿Y?", preguntó, sin acercarse demasiado.
"¿Qué me propones?", fue mi ultimátum.
"Un recorrido en taxi por Santiago, unas pizzas con shop en el ItalianExpress, un coño tirado en la alfombra de mi departamento e irte a dejar a la casa".
"Pero esta vez el taxi lo pagas tú. Y las pizzas también".
"Hecho".
Se echó mi mochila al hombro y, en un arrebato de no sé qué, cogió tímidamente mi mano.


15 febrero 2008

la última vez

Le besó la espalda como si la amara desde siempre. Y ella casi le cree. Pero el roce en el estómago pudo algo más que la falta de conciencia, y ese suspiro en la nuca estremeció hasta a los personajes del programa gritón que daban en la tele. El ya no se detuvo a pensar si seguía siendo insano, ni temió darle vida al silencio de una relación que siempre terminó para siempre. El descontrol hizo lo suyo y se fue dentro de ella, por primera vez, en medio de un orgasmo que no alcanzó a ser sublime porque nunca entendió el concepto de sublime.
Yacían atravesados en la cama cuando a ella se le ocurrió preguntar '¿por qué?'. '¿porqué qué?'. 'Porqué esto'. '¿Esto qué?'. 'Esto que hacemos'. '¡Ah! No sé'. '¿Cómo no vas a saber?'. '¿Saber qué?'. ‘Lo que dijiste’. ‘¿De qué?’. ‘De lo que te pregunté’. ‘Filo ¿por qué quieres saber?’ ‘¿Saber qué?’. ‘Eso’. ‘¿Qué cosa?’. ‘Lo que me preguntaste si sabía’. ‘¡Ah! No sé’. ‘No sabes nada’. ‘¿De qué?’. ‘De nada’. ‘Y de verdad crees que nunca te morirás de amor’. ‘¿Qué tiene que ver?’. '¿Con qué?'. 'No sé'. ‘No sabes nada’. ‘¿De qué?’. ‘De nada’. ‘Ándate a la mierda’.
Y eso fue lo más inteligente que había dicho en tres años.
Luego le besó el cuello. Al rato el abdomen. Y después la planta del pie.
Llegó la mañana antes de que amaneciera y hubo una cuasi despedida mientras ella aún dormía. Él se fue para siempre, como todas las otras veces, y ella quedó sola mirando un tragaluz sin luz.

09 enero 2008

nos volvimos a ver


Job llegó cuando yo estaba sentada a los pies de la cama viendo tele. Lo miré acercarse y el suceso me pareció maravilloso, ahí venía él, alto, moreno, lindo, incluso con ropa linda, diciéndome mil cosas con la mirada. Mientras yo, que por mis reiterados sueños presentía que estaba vivo, no atiné a hacer nada, sólo mirarlo opacamente, con mis ojos tan inexpresivos como los de un pollo, con una emoción inmensa que no se desbordó.
Él siguió hacia mí, quizás esperando que saltara de alegría, que gritara, que riera, que llorara, que corra a abrazarlo, que dé gracias al cielo, a la tierra, al destino, a la vida, al panteonero, qué sé yo lo que esperaba él, pero yo seguía sentada, mirándolo, con un llanto contenido que casi me traiciona.
Él, en su mirada profunda y sin palabras, me dijo ‘qué gusto verte, Paky, pero qué pena haber tenido que sufrir tanto’, mientras yo, en mi mirada tan inexpresiva como la de un pollo y sin palabras, le dije ‘qué alegría tenerte de nuevo, pero qué pena no haberte tenido’. Eso era, alegría y pena, cuando sólo debería haber sido alegría y algo de alboroto.
Entonces él me abrazó fuerte. Y rompió a llorar, y lloraba inconsolablemente. Y lloraba estremeciéndome. Y lloraba como si ahora la muerta fuera yo. Y mi llanto contenido me quiso traicionar y mi emoción se quiso desbordar, pero no, mejor lo abracé y consolé. ‘Tranquilo, tranquilo hermanito’, le dije, igual como hace cuatro meses en medio de sus convulsiones en el Hospital de Talca. Y lo abracé con ternura, con amor, como sólo se puede abrazar en el reencuentro más esperado, como sólo se puede abrazar cuando sabes que tu hermano no está muerto y está contigo, llorando y estremeciéndote. Le acaricié la cara mientras él me decía ‘me duele haberlos hecho sufrir tanto, me duele todo lo que pasó’. Y yo traté de decirle que no importaba, que lo importante era eso, estar juntos de nuevos, con un pasado que ahora podríamos dejar pasar, sin segundos retenidos que no queremos dejar escapar por miedo a perder una mirada, una sonrisa, unos pasos suyos. ‘Muéstrame tu herida’, dije por fin, hurgueteando en su pelo negro, buscando la abertura que hicieron los neurocirujanos para sacarle eso que yo nunca supe.
Y mientras tanteaba su nuca, escuché las palabras ‘Masiel ¿no vas a ir a trabajar hoy?’. Y abrí los ojos calmadamente, como si nunca hubiera estado durmiendo, como si nunca hubiera estado soñando algo tan maravillo. Mi tibia mirada, tan inexpresiva como la de un pollo, se encontró con el mundo a las 8 de la mañana, con un mundo sin Job.
Job todavía estaba muerto.

20 noviembre 2007

Eloi, Eloi ¿Lama sabatacni?




Casi terminaba agosto y la vida de mi hermano se apagó tras una operación de urgencia en el hospital de Talca.
Una caída de seis metros de altura en Curicó, un traslado de urgencia al hospital local. No había nada que hacer. En espera de un milagro fue llevado a Talca, una ambulancia pedía camino, tres paramédicos luchaban para que alcance a llegar. Yo, dos cuadras antes de llegar al hospital, me bajé de la micro y corrí tras la ambulancia que aullaba como los perros cuando ronda la muerte. La intuición me avisó que iba ahí y cruelmente no me falló. Sala de urgencias, neurocirujano, rayos, pabellón, UCI. 20 horas en la UCI.
Job, no te mueras. No te mueras, Job. Joel está afuera. Yo te amo. Te necesitamos. Estamos contigo. Sé fuerte, Job. No nos dejes, no me dejes. Te quiero tanto. Despierta. Vuelve. Resiste. “Mira mi madre como llora en mi agonía, devuélveme la vida, yo te serviré”. Este año nuevo quiero volver a brindar por estar todos, Job. No me hagas esto. No te vayas. No nos dejes. No.
Agravó cerca de las dos de la tarde. Pabellón. Había que hacerle algo, no entendí qué. Sacarle el cráneo, disminuir la presión del cerebro, algo por el estilo. Doctores pesimistas, pocas posibilidades de que viviera. Horas eternas en el pasillo pidiéndole al dios un milagro, confiando en que todo saldría bien, en que nada podía ser real, en que la muerte jamás sería parte de nuestra familia.
Nació un bebé vía cesárea y al mismo tiempo el doctor nos llama. No hubo un ‘lo siento’, no hubo un ‘no pudimos hacer nada’. Hubo una cadena de palabras explicando lo que hicieron, como si lográramos entenderlo, entre ellas iba la frase ‘murió en el momento en que le sacamos…’, no sé qué le sacaron, no sé qué le hicieron antes. Murió. Y no había ni una puta verdad más que ésa. No había un frío más grande que el que se apoderó en ese momento de mi corazón. No hubo un grito más desgarrador que el de mi madre, ni una confusión más triste que la de Joel, ni un llanto más amargo que el de mi padre. No hubo dolor más grande que el de mis hermanos. Eloi, Eloi ¿lama sabatacni?
El hospital de Talca se volvió llanto y nuestras vidas se hicieron añicos agónicamente.
Siempre dije que prefería que me faltara una pierna o un brazo, pero no ver sufrir a ninguno de mis hermanos ni, muchos menos, que uno de ellos me faltara algún día. Pero murió mi hermanito, vi sufrir al resto y yo viví para contarlo.
Mientras pasan los días todo es más crudo, Job todavía está muerto y yo sigo esperando a despertar algún día y encontrarlo a mi lado, serio, con la mirada más profunda que he visto, preguntando con voz seca ‘¿qué pasa, Paky?’.
Este año en mi casa no florecieron los nísperos y la dulce navidad amenaza con ser el más grande desconsuelo.

10 noviembre 2007

tengo sólo preguntas



A Pina Bausch no le gusta dar entrevistas a la prensa: "es que yo no tengo respuestas, sólo preguntas":

y ahí va:--------------------->


Para intentar decir algo que está adentro, y que se necesita sacar, tienes que encontrar una manera. Entonces, puede ser a través del movimiento, de una palabra, de una situación, de una imagen. Así es que siempre estoy abierta a encontrar la manera de decir, de expresarme mejor.


La verdad es que yo no tengo respuestas, tengo sólo preguntas. Y no me siento incómoda, pero es que en realidad yo no puedo ayudar, estoy buscando.


creo que desde adentro siempre hay algo, siempre hay una pregunta dentro de mí que me hace encontrar una forma de hablar a través de mis piezas. Nunca estoy satisfecha y es por eso que intento de nuevo. Porque esa inquietud está siempre dentro de mí y es el ser humano.


... la Pina... la raja




siempre hay formas de expresarse... incluso a través de otras personas, y qué mejor que a través de Pina.

de vez en cuando, sólo de vez en cuando

31 octubre 2007

oye, yo te vi


te vi a medias, te vi de lado, te vi medio torcido, medio olvidado, medio dañado. Te vi, pero no estabas; y ahí estabas y no te vi. Y te vi más de la cuenta, me vestí para ti, me reí pa ti, te dije 'estuviste raro este fin de semana' y nos conmovimos, nos quisimos tanto. Y sí te vi, y no me viste, a veces me escuchaste, a veces me ignoraste, a veces nos vimos y la última vez no, la última vez no. Y tú cerraste los ojos y me viste más que nunca, se cerraron tus oídos y yo grité tan fuerte '¡Job!!!!!!!', se cerraron tus sentidos y te hice cosquilla en los pies. Y te vi, te vi tantas veces. Te vi tan poco. Qué pesadilla tan larga, que sueño tan corto. Vi tu herida craneana, viste mi herida almana?? Me viste? 'Andrea, eres tan mensa que hasta te confunden conmigo' y tú reíste. Rie de nuevo, quiero verte, quiero oirte. Ahora te veo siempre, te veo a veces, te veo nunca. Yo, que te vi moreno y te vi tan pálido, te vi torcido, retorcido, desesperado, conscientemente inconsciente, 'tranquilo, tranquilo', y tu mano apretaba la mía, fuerte, fuerte, ¡me duele! ¡me duele!, y eras tú, y te vi, y te sentí, y te dije 'vuelve, hermano, vuelve', y no me oiste... ay Dios... 'allá afuera es de noche y está oscuro, y perdida en la oscuridad está la luna y perdida en la inmensidad estoy yo. el hombre llegó a la luna antes de que nosotros dos naciéramos, ahora te estás muriendo y nadie puede hacer nada'.. qué mundo más inútil. Eso vi. Y te dije tantas cosas, y tú estabas quieto. Como si estuvieras muerto. Y te soñé tantas veces. Anoche te soñé, eras un bebé, y estabas vivo, y yo te vi y fui tan feliz.

Todos los días te veo, casi te veo, como que te veo. Te veo a medias, medio torcido, medio de lado, medio dañado, medio muerto, medio menso, medio mudo, medio lindo, medio mío.

Ayer te vi, mañana muchos querrán verte. Tú no estás ahí, tú estás conmigo, tú estás. Tú siempre has existido, no has dejado de existir. Yo eso vi, eso aprendí, lo aprendí de ti.

Te vi medio mudo. Y tan lleno de todo, tan lleno de mí, hermano. Ahora me verás tan llena de ti, hasta la muerte, jajajjajajajajjaja, hasta la vida, hermano!!!!!!!! hasta el reencuentro, hasta siempre... siempre... siempre... siempre contigo, siempre llena de ti.




Para jospito, de Masiel que lo quiere mucho... jajjajaja... '¿te acuerdas, hermano, te acuerdas?

26 junio 2006





...Allá afuera es de noche y está oscuro, y perdida en oscuridad está la luna, y perdida en la inmensidad estoy yo. El hombre llegó a la luna antes de que yo naciera, ahora me estoy muriendo y nadie puede hacer nada...

05 junio 2006

¿Los que mereces?

no me mires
no me hables
no estoy
no existo
cada vez voy más lejos
cada vez me pierdo un poco
no quiero volver
no quiero encontrarme
quiero dormir
dormir
elevarme
dormir

26 mayo 2006

"Boca Abierta" (Alejandra Costamagna)




Lo imagino parco, mesurado, con la sobriedad que otorga la vida a ciertas personas. Lo miro, miro su foto, y creo haber fijado mis ojos en él sin detención durante cada minuto de los últimos diez años. ¿Cuándo exactamente dejaron de cruzarse nuestras miradas? No quiero adivinarlo. No voy a escuchar a mamá decir "¿Acaso alguna vez sus ojos pudieron cruzarse con otros?" Qué importa. Mamá boicotea las emociones; ella habla desde el rencor. Es comprensible. Pero a mí esta cámara me ha regalado una película fantasma y en su revelado apareció papá, como el retrato de una sombra. Lo imagino callado, casi mudo. En la foto sus labios están muy pegados uno con otro. Parecen formar una sola masa, y no puedo imaginarlos de otra forma. Papá tiene boca de masa. Quizás esta noche en la estación separe esos labios y provoque una risa apabullante. "Cállate, papá", le diré. "No muestres tu felicidad a todo el mundo". Pero él seguirá con la boca muy abierta, como la de los muertos recién muertos, y me obligará a cerrársela. Cuando acerque mi mano hacia su cara repitiéndole que no reparta su felicidad a todo el mundo, él me mirará, casi me derribará con sus ojos negros de fantasma, y dirá: "¿Qué felicidad, hija?". Después cerrará la boca. Tiene razón, papá: ¿De qué felicidad hablo? Mamá dice que soy una infeliz. Y agrega que ella no es feliz. Sé que ser una infeliz no es lo mismo que no ser feliz, mamá. Lo imagino caminando con un maletín de cuero negro, feo, como un detective. Temo no reconocerlo cuando baje del tren y se acerque con andar fatigado hacia mí. Yo descansaré mi vista en la otra foto: en la mujer que cepilla su pelo con el mentón contraído, a punto de llorar. No sé quién es ella; otro fantasma de esta película instalada en la vieja cámara, en mí. Su imagen me servirá para hacer una pausa y poder mirar luego a papá hasta el infinito, hasta secar mi pupila en su figura. Él fumará un cigarrillo negro y botará el humo con sobrada prepotencia. Así es papá, dice mamá, prepotente y vanidoso. A él no le hablaré nunca de la prepotencia ni de la vanidad. No pronunciaré la palabra mamá en toda la noche, quizás en toda la vida. No va a ser difícil. Guardaré las fotos en un bolsillo y le diré a papá que lo imaginaba exactamente así: con los zapatos gastados, con un lunar en la frente, con movimientos de marioneta. No te ofendas, papi, es muy linda la gente que se balancea al caminar. Mamá es tiesa como un roble y hace sombra como el árbol más holgado. ¿O es que te gustaría ser un tronco? Lo imagino con signos de persona razonable, calculadora. Lo imagino, por ejemplo, moviendo la cabeza en forma horizontal, de hombro a hombro, como si rodara sobre un riel. Hace años busco su imagen. A veces logro concentrarme y doy con estos movimientos cadenciosos. Cuando eso ocurre celebro su presencia en silencio, con los ojos muy cerrados, evitando que se fugue de mi mente. Pero luego pasa, se borra. Alguien abre una puerta, afuera suena una bocina, ladra un perro y los gestos se van. "Estás loca, niña, loca", dijo mamá al saber que nos veríamos esta noche en el andén. Más loca está ella, que en estos años olvidó hasta la manera como papá tose. Yo al menos intento rearmar su imagen. Le he preguntado varias veces a mamá cómo tosía y sólo ha murmurado "no lo recuerdo". Le he preguntado también quién tomó las fotografías de la cámara que encontré, quién es la mujer del cepillo, quién la tiene tan muda, cómo es mi padre. Y ella insiste: "No lo recuerdo". Después se atora con su saliva al repetir varias veces la misma frase. Ah, el recuerdo. Mamá no quiere recordar, eso es todo. Con una gota de saliva en el borde de la boca, recurre a su rabia para hilar un vómito de frases inconexas. Siempre hace lo mismo. Yo digo: ¿Quién es la loca? Lo imagino un hombre ocupado, con muy poco tiempo disponible, mirando el reloj de pulsera a cada minuto, moviendo un pie de arriba a abajo con ritmo parejo, golpeando su talón contra el suelo. A mí no me importa si papá es desatento. Yo quiero mirarlo una vez, una sola. "Para eso tienes la foto", protesta mamá. Yo no respondo. Ya dije que nunca respondo. Mi reclamo es un portazo. Mamá está irritada porque al fin di con el número telefónico de papá. Pero a mí también me irrita que papá no me permita oír su voz y arregle nuestra cita -nuestra primera cita en diez años- con una secretaria. A lo mejor papá también está irritado y este triángulo es un círculo de irritaciones. Pero el triángulo-círculo no es perfecto: falta papá. No logro dar con la razón de su enfado. Imagino e imagino, invento e invento diálogos sin aclarar nada. ¿Que debí haberte llamado antes? No, papi, tú eres mi papá. No sé por qué lo hago ahora. Es un poco mañosa esta cita, papá. Supongo que fue la sorpresa de ver la cámara guardada en el baúl y sospechar que adentro podías estar tú. Era tu cámara. Demoré dos meses en revelarte, lo sé. Está bien, supongamos que la culpa es mía. ¿Me vas a perdonar, papá, que te haya abandonado todo este tiempo? Mira, tócame, no habré cambiado tanto en diez años. Ahora tengo forma, ¿te das cuenta? No soy dura, papá, sólo es una manera de decirlo. De decirnos algo. No te enojes, papá. ¿Vas a llamar a la secretaria para que nos haga guardia? No lo hagas, papi, por favor. Yo no quiero que nadie se interponga entre nosotros esta noche. Nos quiero solos, solos, papi. Debí habérselo advertido a esa mujer cuando tomó la cita por teléfono. Ya es tarde. Estarás por llegar. Lo imagino tal como lo imaginé todo el día. Mi memoria se agota hacia atrás en mis cinco años, y aún puedo ver a papá en la casa donde vivimos hasta antes de su partida. El lugar está idéntico. Sólo la decoración es distinta: el jardín está cercado por una reja metálica y un mástil sostiene una bandera tricolor. Al fondo hay un perro de mirada lánguida que vigila su baldosa con pereza. Suelo evitar esa calle. Cuando voy a la escuela desvío la ruta. Y si es muy imperativo caminar por ahí, volteo la cabeza y canto una melodía distractiva. Pero hoy me detuve frente a la casa. Otra vez la maldita memoria. Hoy me acerqué a la puerta y di tres golpes secos. Puedo jurar que esta tarde tenía cinco años. Un hombre gordo me abrió. Tenía el pecho desnudo y lleno de pelos. Le dije que iba a entrar, que era urgente ver la casa. Mientras se rascaba la cabeza dijo que esa propiedad era privada. Lo sé, dije e insistí. Volvió a negarme la entrada usando las mismas mecánicas palabras. Traté de pasar sobre él con la torpeza de los cinco años, pero él empujó mi cabeza con las manos y caí a sus pies, tendida como un perro. El gordo observó mi precariedad desde su ventajosa altura, apuntó hacia abajo con el dedo índice y dijo "anda a molestar a tu casa, mocosa". No le dije que ésa era mi casa. Yo no dije nada. Me apoyé en el muro de la entrada y creo que lloré. El hombre se alejó de mí; iba moviendo la cabeza de un lado a otro, igual como lo hace mamá cuando le pregunto por papá. Estuve varias horas apoyada en el muro. El perro me miraba fijo desde su baldosa, como con celos me miraba. La tarde filtró brutalmente la llegada del crepúsculo y recién me di cuenta del tiempo que llevaba de pie frente a la casa. Me sentí narcotizada, sonámbula. Un poco fantasma. Tuve la sensación de que el muro se apoyaba en mí y no al revés, y pensé que me aplastaría en cualquier minuto con su cemento. Lo toqué: era un muro frío, tenaz, casi cruel. Lo imagino sudando, corriendo a mi encuentro. Dime, cómo no me vas a decir si te parezco linda. No sé si todavía quiero ser tu hija o mis planes ahora son otros. No sé qué pretendo. Lo primero: verte. Me impacienta esta espera. ¿Cuántos minutos más tendremos que esperar? Miro la foto con detención y no te asemejas a ninguno de estos hombres que bajan del tren. Ese podrías ser tú. Pero no: es un hombre lisiado. Ese otro no parece vanidoso ni prepotente. ¿Es que no piensas bajar del tren? Saco las fotos, las ubico en el suelo con las imágenes vueltas hacia abajo y empiezo el juego. Están duras estas fotos, no se desprenden de la superficie con facilidad. Debo mojar con saliva las palmas de mis manos para conseguirlo. Son fotos-figuritas, fotos de colección. Cuando aparezca papá le diré que éste es mi nuevo álbum. ¿Él todavía estaba con nosotras cuando junté el de Sarah Kay? No puedo recordarlo, qué tonta. Tendré que preguntárselo cuando baje del tren. Imagino a papá como un hombre de grandes recuerdos, un hombre de memoria fornida. -¿Niña? -me pregunta alguien que se ha agachado junto a mí. No sé cuánto tiempo lleva a mi lado. Estaba demasiado concentrada en las figuritas como para prestar atención al resto de la gente. Me toca el hombro con delicadeza y repite la palabra. ¿Papá?, quiero preguntar. Pero la voz no me sale. Estoy muda, sorda, borracha. Mis labios se han cerrado tanto como los de papá en la foto. Este hombre los lleva abiertos y los abre cada vez más. Se le va a escapar, se le va a escapar. -No repartas tu felicidad a todo el mundo -creo decir. -¿Qué felicidad? -dice. Y lo dice con ese énfasis tan suyo. Es él, qué duda puede haber. Me tiro a sus brazos, a los brazos de este hombre delgado que es papá. "Eres tan distinto", digo o pienso. Papá no tiene lunares en la cara, papá no es prepotente, papá es un hombre joven. Papá podría ser mi marido. "¿Por qué demoraste tanto?", pregunto. Temo que no entienda el alcance de la pregunta. "Disculpa", dice entendiéndolo perfectamente. Papá entiende todo y está arrepentido. Me puedo dar cuenta por sus manos nerviosas, por su tartamudeo. Soy muy egoísta, estoy dejando que cargue con toda la culpa. Ya habrá tiempo de abrazarnos y exculpar lo nuestro. "¿Y ahora qué vamos a hacer?", hablo con timidez. De nuevo tengo cinco años. Quiero agarrarme de su mano y colgar de ella como un maletín, todo el día, en cada trayecto. Son las diez de la noche. No se me ocurren demasiados panoramas. O se me ocurren, pero no quiero decirlos. -Vamos a tomar un jugo -le propongo. -Niña -dice, con seriedad. Ahora cierra la boca. Todavía está nervioso. Le cuesta hablar. Todo esto le cuesta una enormidad. -A la vuelta hay un lugar bonito -insisto. Me cuelgo de su mano y cargo mi peso. Quiero serle muy pesada, casi abatirlo. Él me mira con curiosidad. Se parece al perro en su baldosa. No hablamos. ¿Qué nos vamos a decir? Temo enmudecer eternamente con papá. Pero no tiene importancia: desde esta noche ya no será necesario hablar. Sé que papá me entiende con sólo mirarnos. Ahora te estoy diciendo que te imaginaba distinto, ¿entiendes? Ey, papá, ¿entiendes? Bueno, ahora está nervioso. Ya habrá tiempo de comprendernos sin palabras. La mano de papá es frágil, quiere desprenderse de la mía, pero no se lo voy a permitir. La mano de papá hace fuerza para separarse cuando entramos al café. ¿No sabe acaso que puedo ser su mujer? ¿No ve que ya tengo cuerpo y forma? Mírame, papá, tócame de una vez, ¿no te parezco linda? Pero la mano de papá logra desligarse de mí y ahora sostiene el vaso con jugo que ha pedido. Yo he pedido mirarlo, nada más. El silencio se vuelve fatigoso, comienza a incomodarnos. Sin hablar, le digo a papá que olvide todo, que he vuelto a tener cinco años. Pasamos varios minutos mudos. Creo que por fin comenzamos a entendernos sin palabras. -Niña... -interrumpe mis ideas. Habla con dificultad-. Olvida el frío de este andén y vuelve a tu casa. Devuelve estas fotografías a su papel. Acá ya no se detienen los trenes. -¿Qué dices, papá? -Yo no soy tu papá -dice esa boca que se abre y se cierra, tan ágil, tan distinta a la foto-. Él no vendrá esta noche. Papá se ha vuelto loco. Su boca habla sola. Es una marioneta, papá. Alguien lo manipula y él interpreta. Él sólo interpreta. "Te están manipulando", le digo, riéndome. Pero él es porfiado y sigue actuando el mismo papel que le han asignado. Tan serio y grave. Ahora lo dice entre un trago y otro de jugo. Lo repite, envenena mis oídos con su frase. No soy tu papá, no soy tu papá, no soy tu papá. ¿Y quién eres, entonces? ¿Un mensajero? "No importa quién soy", dice y ve cómo le vuelco el jugo encima para que se saque la máscara. Él alega que estoy loca. Yo digo: ¿quién es la loca? ¿Es que este hombre es mamá disfrazada de papá? "Yo no soy tu papá, entiende", alega mamá mientras se levanta de la mesa. -¿Tú estás diciendo...? -le grito. -Yo estoy diciendo lo que estoy diciendo, niña. En este andén no habrá nunca un padre añorando a un hijo ni un hijo besando a un padre. -¿Dónde está papá? ¿Cuándo dejaron de cruzarse nuestras miradas? -¿Es que no has entendido nada? -pregunta, agarrándose la cabeza. -¿Qué podría entender, papá? -le pregunto al aire. Camino hacia él, hacia mamá. Me arrojo encima suyo, le pego con toda mi fuerza. Él exige que me detenga, que no lo mezcle en su rabia, que no le haga tragar mi porfía. Yo no tengo rabia, yo no tengo nada esta noche. Papá niega que todo esto sea culpa suya y se aleja de mí con una sentencia: -Tú inventaste este dolor. Tu papá no vendrá, ¿puedes entenderlo de una vez, niña? Papá falso debe irse de mí. Lo empujo, le escupo, termino por echarlo. Basta con mi soledad en este rincón. Vuelvo a la estación y me tropiezo con los viajantes. Van aturdidos, los conduce la inercia. Nunca habrá una fiesta en el andén. Me siento en el suelo y despido al tren con la mano. ¿A qué tren, si no hay ninguno? Al tren de papá, fantaseo. Soy tan fantasma como el fantasma de papá. Soy un trapo empapado, retorcido en sí mismo. De nuevo siento el peso de un muro aplastante, un muro que insiste en derribarme con su cemento. Entonces saco las fotos: la de papá y la de la mujer peinándose a punto de soltar una lágrima. Esta mujer llora por papá, lo sé. Esa mujer es mamá. No gastes lágrimas por él, le sugiero. Papá ha muerto antes de morir. "No lloro por él", advierte mamá desde su porfía. Pero ya no importa por quién llora o iba a llorar mamá. Guardo la foto en un bolsillo y retengo la otra en una mano. Lo imagino. Papá pensaba quedarse aquí, en este retrato, con los mismos labios rígidos y cerrados de siempre. Lo imagino tan distinto mientras voy desarmando sus gestos y convirtiendo su imagen en mil fragmentos. Lo imagino. Papá tiene la boca abierta ahora, por fin. Como un muerto.

24 mayo 2006

"Este viejo calor que tengo guardado" (Guido Eytel)


Esa noche andaba como siempre sí, por la calle larga junto al parque, por las callecitas que se vuelven a encontrar con la misma calle larga. Por ahí andaba como siempre yo, porque dijo Aymidiós que en una de éstas voy a encontrar el tesoro, la luz, un anillo precioso que va a brillarme entre los dedos. Dijo Aymidiós, y por eso ando las calles abriendo tarros bolsas y en una noche seguro tengo que encontrarlo.
Esa es la noche distinta de este viejo. Las luminarias luces platean estas calles solas casi siempre, puras neblinas en invierno y sombras por donde camino y me agacho y reviso las bolsas tan renegras. Todos se van, todos se van: las mariposas rojifucsias, verde la falda breve, brevísima, de las esquinas también se van, los guardianes con los dientes afilados miran y se van. Y yo soy una sombra en la muralla, otra sombra del árbol soy en la vereda y no han nacido los ojos que puedan verme, distinguirme. Una puerta soy, una columna. Ni los ojos más ojos pueden verme, distinguirme. Una puerta soy, una columna. Ni los ojos más ojos que ha habido jamás pudieron verme, pero a todos yo los vi, a todos.
Digo esta noche y todas las noches y siempre será éste mi paisaje, pienso. Sobre todo la noche aquí, de los callejones solos solitarios, yo pobre rey también solo solitario, buscando los tesoros papeles, tesoros cartones, tesoro pollo esqueleto para el caldo y una fruta media, casi comida, y unas fotografías que guardo para que sea ésta mi madre, éste mi padre, todos mis hermanos aquí, nunca tuve novia y nunca tuve anillo que dijo Aymidiós ya va a aparecer, brillando como estrella entre mis dedos.
Esta es la dulce patria que yo tengo: al norte no te metas, al sur no cruces nunca, al este no pases, al oeste la muerte te está esperando, dijo Aymidiós. Pero busca la mina de oro, la pepita no más, el anillo y cumplo. Ése era yo anoche, tratando de adivinar en qué bolsa estaba el tesoro. Todas yo no alcanzo a revisar y cuál sería mi desgracia si justo no abro la que traía el anillo para ver el cielo, un pedazo, una estrella, mil luces brillando entre mis dedos negros.
Ése era yo tarde anoche, con poca fortuna en el saco: pan de siempre añejo y un trapo rojo azul. Almohada, pañuelo, sombrero. Ya nadie había, ya la calle no más. Y yo. Y un par de perros.
Ya ni un ruido. Todos, casi todos dormían cuando el auto se arrimó a la vereda y yo más sombra me volví, casi una estatua junto al árbol. Los vi que abrieron la puerta y dejaron caer un bulto junto a la cuneta. Tan suave partió el auto como llegó, sin un ruido, y fui de a poco acercándome. De todo bota la gente, pensé. Muñecas he visto, pero ninguna tan grande. De lejos una muñeca rubia con la falda subida sobre las piernas, un brazo desamparado, la mano palma arriba mirando el cielo oscuro, la cabecita afirmada en la solera. Ya al lado la mancha roja sangre en la blusa me dijo no es muñeca, pero tan linda, mucho más que las otras desterradas, mucho más linda que las otras que revolotean en las esquinas.
Dije voy a llorarla primero de saludo y lágrimas lloré. Junté las manos y oré. Plegarias necesitaban sus pestañas, sus párpados azules, su piel, su rosa roja. Después pensé por qué la botaron, si lo único la mancha, por qué la botaron, cierto. Y me rebelé entonces yo, que tan triste solitario soy y no tengo a quien cuidar. Será éste al final el tesoro que estaba esperando y que Aymidiós me manda. Será, dije yo, ella la brillante, la que todo lo ilumine y toqué su pelo rubio apenas y cierto que brilló entre mis dedos como río chiquitito de oro. Será, dije yo.
Nadie andaba por la calle larga. La tomé suavidulce, eché su brazo largo, su blanco brazo, por arriba de mi hombro y la cabeza también, colgando la melena rubia. Echéla toda al hombro y rápido crucé. Ninguna luz que me atrapara: rápido hasta el parque, rápido, escondido entre las matas y las flores, rápido, rápido pero cuidado, no vaya a lastimarse. Miro, corro, miro. No esta el guardiazul ni las parejas están sobre el rocío. Nadie, a esta hora nadie. Puedo dejarla escondida entre las flores blancas, sobre el pasto húmedo apenas, casi nada mojado. Puedo ir y mirar por la otra calle larga. La noche no termina y una luz roja, allá a lo lejos, vive y muere. Nadie más. Aquí está el río y nuestra casa. Vuelvo.
Otra vez eché su largo brazo blanco, su amarillo pelo sobre mi hombro. Tierna cayó la cabeza, mis manos tomadas de sus piernas, y ella parecía comprender, aunque no conocía el camino. Miré otra vez la calle larga y ni una luz, sólo a lo lejos lejos. Crucé corriendo y la afirmé sobre la baranda. Yo conozco, yo sé. Cada piedra puedo pisar de noche y nadie más. Hoy será más difícil con ella otra vez sobre mi hombro. Pisé firme la piedra y bajé. Ella se dejaba llevar y no tenía miedo porque yo estaba con ella y la cuidaba.
Difícil fue. Una sola vez se golpeó contra las piedras. Rozó el brazo y la cabeza. Firme la tomé. No se fuera a ir como la que ví una vez pasar por el río, vestido azul, despidiéndose con la mano, subiendo y bajando la cabeza, qué rápido pasó. Y la miraban desde el puente y nadie le respondió, pero eso a tí no te va a pasar.
Difícil fue. Todo pensando no más en las piedras que piso y sujetándola firma. Falta poco aguanta, le pedí, y Aymidiós de las piedras y el agua también nos ayudó seguro porque pude pisar al fin el fondo, la tierra piedras junto al río donde tengo mi casa que será la tuya.
Hasta ahí la llevé. La anidé en el mejor lugar y bajo la cabeza le puse el trapo rojo azul. Le ordené el pelo, la peiné, le saqué la blusa blanca y fui a lavarla mientras ella, mi amor, ella dormía. De rodillas metí la blusa al agua. La costra era casi negra ya. Algo se deshizo y se fue con el río. Vi las aguas hacerse un poco rojas, la camisa blanca rosada se volvió y supe que la noche estaba por irse porque se estaba poniendo la capa claror de la mañana.
Volví. Aymidiós, mi padre, qué linda era viéndola mejor. Apenas un rasguño donde la piedra y tan tranquila parecía: los hombros redondos suaves y los dos montoncitos sin nada y casi al medio, justo abajo, una fea roja boca negra que quise limpiar pero no pude. Le puse la blusa y fría la sentí. Saqué mi abrigo y la abrigué. Sigue durmiendo, le dije, sigue durmiendo y busqué palitos, leña busqué por las orillas y le encendí el fuego para cuando más tarde. Coloqué el tarro con el agua y dormí también y parece que soñé. Vivía conmigo y se quedaba, reina de los cartones de mi casa, sacaba el agua del río y lavaba las piedras. Casi al terminar la noche me esperaba. La mano suya cariños me hacía en la espalda y yo de regalo le traía un anillo y gotitas de oro brillaban en su dedo.
Así me desperté, con el sol pegándome en los ojos. Miré hacia arriba y los autos vi pasar por el puente, vi la gente apurada pasar y una mujer mirando por qué tan triste hacia la otra orilla.
La mía fui a ver y dormía casi blanca, casi azul. Hice lo del sueño: la boca puse en su pelo, lo más suave que he vivido, y en su cara también puse la boca y la pobre estaba fría. El sol ya se asomaba, quería calentar, y esto hice: con cuidado le saqué la ropa, le recorrí los caminos azules con el dedo y dije yo mejor la arrastro para que nadie nos vea, y la puse a pleno sol entre unas piedras grandes. Me quedé mirándola y rezándole. Después al lado suyo me acosté, sin taparle para nada el sol, y le dije, le susurré, mira, toma mi viejo calor que tengo guardado, y quise que ella lo sintiera, adentro suyo metí mi calor pero nada, ella tan así de fría como las piedras de la noche y fui resbalando, llorándola y llorándome, resbalé cansado y cara al sol me quedé, con su blanca mano en mi hombro. Así parece que volví a dormirme.
Desperté no más al rato. Un ruido sé que fue. Afirmé el codo en la piedra y un grito sentí en el puente y miré. Un hombre era el del grito y me señalaba con su dedo. Fueron entonces gritos y más gritos y la gente que corría, se apretaba contra él y nos miraba. Quise taparla otra vez con mi abrigo cuando los ladridos sentí. Los guardias vi que venían corriendo y ni siquiera alcancé a pararme cuando uno me dio con un palo en el brazo y otro un palo en la cabeza. Pobre mi espalda, pobre mi espinazo, pero no lloré de dolor, mi reina, lloré de pena cuando te taparon con plástico verde y como un saco te agarraron te subieron hasta la calle larga y la gente que corría quería pegarme y matarme, pero los guardias me subieron al patrulla y me llevaron al calabozo y me pegaron y me gritaron todo el día dónde está el cuchillo dónde está, y yo nada, no sabía, y me siguieron pegando y gritando hasta que por fin apareció, rojo de sangre, el mismo cuchillo de mi pobre casa, la mala suerte mía. Eso fue lo que me dijeron.

19 mayo 2006

Miel y Limón


cosas de momentos,
de expresarse, de encontrarse,
de ser alguien y hacer algo distinto..
no tan distinto.
(me carga la UDI)
respiro...
miel y limón..
espacio
dolor de oído
silencio
mal gusto, sabor amargo
movimiento
cansancio
deseos de estar lejos, de no estar
tersianas (o persianas como le digo de cariño)
incoherencia
yo
frío, manos heladas
llamada telefónica (me carga la UDI)
fotolog nuevo
ocio??
no es eso
11:08
Linares, 2 grados, distancia
no estar donde quiero estar, estar donde no quiero
tolerancia cero
idiotez al máximo
nada bueno
nada tan malo
nada?
muestra gastronómica, no fui
Pini y suplemento, queque de naranja
bufanda ploma, dolor de oídos
otoño
cielo gris
árboles con mezcla de colores
rojo, amarillo, café, verde
'todo quedó en silencio'
qué fue todo?
'nunca más'
qué es nunca?
dónde estás?
miel y limón
la noche de anoche
pelea en la calle
mucha violencia,
presencia mía ahí,
mi mail y 'el bajo perfil de Chile'
Chile no me quiere
qué es Chile?
pauta estrecha
viernes, antes del sábado, a dos días del domingo
11:15
dolor de oído
persianas
manos heladas
miel y limón
Linares
yo
todo
nada
qué es eso?
..............
Masiel

11 mayo 2006


Alguien me contó que vivo
Y que aveces siento
Que cuando me hundo en silencio
Busco palabras que hablen de mí,
Que me devuelvan la seguridad
De que aún estoy viviendo;
que cuando me hundo en soledad
busco encontrar sentido
para abrir los ojos
y hallarme en un nuevo día.
Alguien me contó que estoy viva
Y que cuando no lo estoy
El viento disuelve mi alma
y al querer recuperarla
tomo solo un trozo
y el resto se me escapa,
se me pierde, se me esfuma.
Alguien me contó que he vivido
Y que aveces he muerto,
Que me pierdo por momentos,
Que me elevo en la inexistencia
Y regreso incompleta
Y vivo cada vez menos.
Mil veces he vivido,
Mil veces viviré,
La muerte no es suficiente
para terminar con la vida
y no siempre llega cuando ésta se va.
Alguien me contó que vivo
y que aveces siento,
que le pedí una tregua a la vida
Para comprobar cuanto dura la muerte.

No me puedes ver



















































Quise perder la calma
Y me faltó un segundo...
Vi tu alma acercarse a la mía,
Sólo vi tu alma
No supe si estuviste,
No supe si escuchaste
Yo sólo vi tu alma y me dormí en ella
Traté de controlarme
Y casi lo consigo
Pero me faltó una eternidad
Para quietar el miedo,
Para calmar deseos.
Fui testigo de tu frío,
Fui testigo de tu fuego,
Mi alma calló contigo,
Mi fe se perdió entre ella.


No eras más que un escape,
No eras nada, no eras todo,
Pero respiré en tus dudas
Pero viví en tus pausas,
Y expiré en tu desvío.